jueves, 13 de noviembre de 2014

8 buenas películas con bandas sonoras horribles

¿Te gustaría ver 'Gravity' sin música? Nosotros daríamos lo que fuera por revisar estos filmes sin tener que sufrir sus partituras.
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Impactante en lo visual, revolucionaria en lo técnico, impactante a la par que emotiva en su guión… Está claro que Gravity lo tiene todo para ser una película casi perfecta. “Casi”, decimos, porque si en algo estuvo de acuerdo la mayor parte de la crítica (y, sospechamos, también del público) cuando se estrenó el filme de Alfonso Cuarón fue que su banda sonora resultaba algo cargante. Por eso el cineasta mexicano ha tomado una decisión muy poco ortodoxa: la próxima edición del filme en Blu-ray permitirá al espectador decidir si quiere ver el filme tal y como fue estrenado, con las orquestaciones de Steven Price animando el vacío espacial, o con una nueva mezcla de sonido que eliminará la música por las bravas, dejando sólo los diálogos de Sandra Bullock George Clooney. Nosotros estamos impacientes por observar el resultado, y pensamos que tal vez el filme se beneficie mucho del silencio.
Ahora bien: la cosa podría haber sido mucho peor. Porque, si una buena banda sonora puede redimir un mal filme y conservar su nombre para la posteridad (¿alguien se acordaría hoy de Superfly si no fuese por las canciones de Curtis Mayfield? ¿O de Espías en acción de no ser por Strangers in the Night?) lo contrario también puede ocurrir. A continuación te presentamos una colección de filmes que rayaron por encima de la media en lo visual, y que incluso ostentan la condición de clásicos, pero cuyas partituras hacen daño al oído.

Los gritos del silencio (Roland Joffé, 1984)


El culpable: Mike Oldfield
Algo olvidada hoy en día, esta película sobre las atrocidades de los Jemeres Rojos ganó tres Oscar, y fue nominada a otras cuatro categorías. Entre estas últimas se hallaban las de Mejor Película, Mejor Guión Adaptado y Mejor Director, pero, comprensiblemente, no la de Mejor Banda Sonora Original. El autor de Tubular Bells, que por aquel entonces cataba las mieles del éxito pop, decidió aquí ponerse experimental y tiró abundantemente del Fairlight CMI (complejísimo instrumento antepasado de los actuales samplers), algo que -una vez oídos los cacofónicos resultados- debió dejar a muchos de sus fans rogando por que Oldfield se dejase de maquinitas y retornase a sus guitarras de toda la vida. Aún así, los temas más estrepitosos de Los gritos del silencio suenan a pura ambrosía en comparación con Étude, una versión de los Recuerdos de la Alhambra de Narciso Yepes a golpe de pachanga sintetizada que alcanzó entonces una relativa popularidad, pero que ahora nos hace desearle a Mike unas “vacaciones en Camboya” como aquellas que cantaron los Dead Kennedys.

Lady Halcón (Richard Donner, 1985)


El culpable: Andrew Powell
Aunque esté ambientada en el medioevo, la epopeya caballeresca del director de Supermán resulta ochentera con (muchas) ganas. Lo cual no tendría por qué ser malo: la abundancia de laca en el departamento de peluquería, así como los contraluces con la firma de Vittorio Storaro, le sientan muy bien a esta historia de maldiciones y metamorfosis (Rutger Hauer se transforma en lobo por las noches, mientras que a Michelle Pfeiffer le da por volverse ave rapaz al amanecer) en la que, para colmo,  Matthew Broderick da vida a una suerte de Ferris Bueller en versión Dungeons & Dragons. Todo va bien, decimos… hasta que, con una ayuda del productor Alan Parsons (sí, el de Eye in the Sky), Andrew Powell pretende demostrarnos que una historia así puede ambientarse con un musiconcio a medio camino entre la sintonía de El Equipo A y los temitas que sonaban en la discoteca de tu barrio cuando la frecuentaba tu hermano mayor (o, dado el año en el que estamos, tal vez tu padre). Según las bases de datos especializadas, esta fue la primera y última BSO firmada por Powell. Lo cual, la verdad, no nos extraña.

Hoosiers: más que ídolos (David Anspaugh, 1986)


El culpable: Jerry Goldsmith
Este más que aceptable filme sobre baloncesto, que reivindicó como actor a Dennis Hopper frente a toda una generación de espectadores, padeció de un letal talón de aquiles en su banda sonora. Porque, si ya de por sí manda narices oír al veterano Goldsmith sucumbiendo al imperio de los sintetizadores, la cosa tiene todavía más delito cuando constatamos que Jerry optó por hacerlo en una película ambientada en los 60. Con casi seis décadas de vida a cuestas (¿casualidad?), el compositor estuvo muy lejos de aprovechar el potencial de los instrumentos electrónicos, entregando una partitura de lo más inane y telefilmera en la que el intencionado contraste entre imágenes y timbres instrumentales nunca destaca para bien. Al menos en Footloose (otro filme cuya música partía de postulados parecidos) las canciones molaban de verdad.

La princesa prometida (Rob Reiner, 1987)


El culpable: Mark Knopfler
Sí, lo sabemos: la canción Storybook Love (con la voz del malogrado Willy DeVille) le granjeó a este clásico entre clásicos su única nominación a los Oscar. Pero que eso no os engañe: tras firmar partituras muy estimables para Un tipo genial, Comfort and Joy Cal, el líder de Dire Straits decidió poner aquí el piloto automático, pensando que los lánguidos sones de su guitarra acústica bastarían para elevar el romanticismo del conjunto. Pero, como diría Vizzini, sólo hay dos certezas en la vida: nunca emprendas una guerra de conquista en Asia, y nunca pienses que repetir una y otra vez el mismo leitmotiv con distintos arreglos (o con los mismos, tanto da) basta para realizar una buena banda sonora. Así, la música de La princesa prometida tiene un aire tan blandito y sonrosado que, salvo en lo tocante a algunos pocos temas, nos recuerda más a un anuncio de compresas que a la arrebatadora historia del pirata Roberts, la bella Buttercup y el príncipe Humperdinck. Menos mal que el filme es tan bueno que uno apenas se da cuenta…

Cazafantasmas II (Ivan Reitman, 1989)


Si bien no estuvo a la altura de su magistral predecesora (tarea casi imposible por lo demás), nosotros siempre defenderemos que la segunda aventura de Peter Venkman (Bill Murray) y sus compinches Dan Aykroyd, Harold Ramis Ernie Hudson queda como una comedia muy disfrutable. Eso, en lo que se refiere a los gags y al guión, porque en lo tocante a la música basta con dejarlo en dos palabras: Ghostbusters Rap. Vale que los Run DMC eran unos titanes del hip hop, y que si Sigourney Weaver aceptó acompañarles en el videoclip luciendo sombrero chulesco y cadenón de oro sería por algo, pero el tratamiento que Jay Master Jay y compañía le dispensaron aquí a la canción de Ray Parker Jr. fue de juzgado de guardia. Para acabar de arreglarlo, el soundtrack album reemplaza los temas funkies y discotequeros de la primera parte por píldoras de R’n'B descafeinado a cargo de Bobby Brown y similares. Ni al mismísimo Zuul se le hubiese ocurrido semejante atropello ectoplásmico.

Pretty Woman (Garry Marshall, 1990)


Los culpables: James Newton Howard (música orquestal) y una larga, larga lista de cantantes y grupos…
“Lay a whisper in my pillow / Leave the winter on the ground…”: si el recuerdo de la irrepetible (no decimos en qué sentido) It Must Have Been Love de los Roxette no te ayuda a resumir (para lo malo) todo lo que encierra la BSO de la comedia romántica por antonomasia, permítenos que lo desglosemos nosotros por ti. Mientras James Newton Howard (un señor con ocho nominaciones y ninguna victoria en los Oscar) entrega una de esas partituras que valen tanto para un roto como para un descosido, la tarea de acompañar a Julia Roberts Richard Gere corre en su mayor parte a cargo de artistas muy circunstanciales como Natalie Cole, ex estrellas venidas a menos (Rick Ocasek, de los Cars, el ex líder de los Chicago Peter Cetera), remanentes del sofistipop ochentero (Go West) y, por supuesto, el dúo sueco de Marie Fredriksson Per Gessle. Todos ellos dispuestos a figurar en el soundtrack album de rigor y a convertirse, con los años, en material para que las emisoras radiofónicas de oldies rellenen sus horas muertas. ¿Qué habría hecho el pobre Roy Orbison para merecerse algo así?

Titanic (James Cameron, 1997)


El culpable: James Horner
Una vez más, nuestros gustos y los de la Academia de Hollywood difieren. Y estrepitosamente, además, porque Horner no se llevó uno, sino dos Oscar por su trabajo en el megablockbuster con transatlántico: uno a la banda sonora propiamente dicha, y otro a la mejor canción por My Heart Will Go On. Aun a riesgo de que los fans del compositor, y los de Celine Dion, nos deseen una muerte lenta y dolorosa, aquí declaramos que ambos premios fueron extremadamente inmerecidos. La partitura instrumental se mueve entre pasajes orquestales de lo más pomposo (con lo bien que sonaban los trompetazos y las percusiones metálicas de Aliens, uno diría que el compositor sabría escapar de semejante topicazo) y sintetizadore que desentonarían incluso en esos discos de música New Age que pone tu dentista para volver aún más insoportables los minutos en la sala de espera. Aliñado todo ello, además, con unas flautas irlandesas y unas vocalizaciones (inspiradas, según confesión de Hohner, en el estilo de la irlandesa Enya) que sobrepasan los límites de lo cursi. En cuanto a esa balada en la que todos estáis pensando… pues con recordar que Kate Winslet siente ganas de vomitar cada vez que la escucha creemos que basta y sobra.

Misión: Imposible II (John Woo, 2000)


El culpable: Hans Zimmer
“Los españoles son así: primero veneran a sus santos y después los queman”, decían en esta película durante aquel híbrido de las Fallas con la ‘Madrugá’ sevillana que tantas risas provocó. Dejando de lado lo absurdo de dicha escena, reconozcamos que la frasecita podría aplicársele a otra cosa bien distinta: el sacrílego tratamiento, entre el lounge menopáusico y el chándal-metal a lo Limp Bizkit. propinado por Zimmer al tema original de Lalo Schifrin. De puro ampulosa, disonante e inadecuada, máxime viniendo del compositor de Origen, Sherlock Holmes Rain Man, la pieza nos produce una estupefacción comparable a aquella que sentimos viendo a Hans ejerciendo como teclista invitado en un concierto de Mecano. Sólo que en menos entrañable, y en más asesinable.

MENCIÓN ESPECIAL: Metrópolis (Fritz Lang, 1927, ‘restaurada’ en 1984)


El culpable: Giorgio Moroder

Sus producciones discotequeras nos arrebatan: ahí está I Feel Love, ese temazo que un pasmado David Bowie definió como “la música del futuro”. Sus bandas sonoras, si bien criticadas por muchos, resultan extremadamente reivindicables hoy en día, y creemos que tiene bien ganados tanto sus tres Oscar (por Top Gun, Flashdance El expreso de medianoche) como esa renovada celebridad de la que goza hoy gracias al padrinazgo de Daft Punk. Pero si hay algo que jamás le perdonaremos a Giorgio Moroder es su manera de ensañarse con uno de los mejores filmes de ciencia-ficción de todos los tiempos. Porque, si bien eso de restaurar la película y acercarla a nuevos fans estuvo muy bien, lo de colorearla y recortar su metraje a unos irrisorios 80 minutos resultó mucho menos bonito. Y el colmo de los colmos llegó cuando el músico tirolés decidió sonorizar la película, en parte con sus propias maquinitas, en parte mediante las colaboraciones de amiguetes como Pat Benatar, Freddie Mercury Adam Ant, cuyos respectivos estilos vocales le pegaban tanto al filme como a un Cristo las proverbiales dos pistolas. De buenas intenciones, ya se sabe, está empedrado el camino hacia el infierno…
Via:cinemania

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