Jordan Belfort, el financiero corrupto en cuyas memorias se basa el
filme de Scorsese, afirma que dedicará todos sus 'royalties' a
indemnizar a sus víctimas. Por CINEMANÍA
La sabiduría popular dice que el crimen no compensa, pero seguro que
Jordan Belfort opina de otra manera. Este antiguo corredor de bolsa, apodado
El lobo de Wall Street, no sólo llegó a ganar (o eso dice él)
36 millones de euros al año durante sus días de gloria como
broker sin escrúpulos, sino que ahora es más famoso que nunca gracias al filme dirigido por
Martin Scorsese. Pudiendo tirarse el pisto, además, de ver cómo todo un
Leonardo DiCaprio le
interpreta en pantalla grande. Sumemos a ello que la película se basa
en la autobiografía del propio Belfort, quien también se deja ver en
ella con el cameo de rigor, y concluiremos en que, para colmo, el ex
financiero podrá llevarse un buen pellizco gracias al cine. ¿O no?
Pues más bien no: juzgado en 1998 por fraude y blanqueo de dinero,
Belfort no sólo fue sentenciado a prisión (pasando un total de 22 meses a
la sombra), sino que la decisión judicial también le obligaba a
indemnizar a sus víctimas. Aunque el
broker ya ha satisfecho parte de dicha deuda, aún le quedarían por pagar unos
72,6 millones de euros, y algunas de las
1.513 personas
a las que estafó con la venta de 'bonos basura' ya han protestado por
su conversión en antihéroe de cine. Por ello, el comunicado emitido por
Belfort (que nos llega vía
Slashfilm) nos
hace sospechar, bien que este sujeto es un cínico de aúpa, bien que
está tan mal de la cabeza como corresponde a un personaje
scorsesiano. O, probablemente, ambas cosas.
"Que conste que no voy a entregar el 50% de los beneficios
por la película y los libros [de memorias], como me exige el Gobierno", afirma Jordan Belfort.
"En realidad, entregaré el 100% de mis ganancias, lo que equivale a decir que no voy a ver un centavo de todo esto". Haciendo gala de un laudable optimismo, Belfort afirma que los
royalties que espera cobrar
"sumarán varios cientos de millones de dólares, y (si hay suerte) bastarán para compensar a quienquiera que pueda exigirlo".
El antiguo financiero y timador afirma haber declarado ya su propósito,
con lo cual las protestas de sus damnificados no tienen razón de ser. Y
concluye:
"Mis ingresos actuales provienen de mi nueva vida, que es mucho mejor que la anterior". Aunque, eso sí, se permite un último gesto de ironía:
"Admito que los quaaludes [droga
similar a los barbitúricos a la que Belfort fue adicto] eran
divertidos, o al menos lo fueron al principio. Por suerte, ahora son
ilegales y encontrarlos es imposible".
La "nueva vida" a la que se refiere Belfort transcurre en un
apartamento de tres habitaciones de Manhattan Beach (California), y los
"ingresos actuales" provienen de sus seminarios motivacionales para
vendedores y agentes de bolsa. Algo que a cualquier hijo de vecino le
resultaría soso tras haber vivido los excesos decadentes mostrados en
El lobo de Wall Street, y que nos recuerda poderosamente al destino final de
Henry Hill (Ray Liotta) en
Uno de los nuestros. Bien
sean sinceras sus intenciones, bien se trate de una desvergonzada
campaña de autopromoción, nosotros pensamos que, si Belfort hubiera
visto esa película (y se la hubiera tomado en serio) tal vez se hubiera
tomado con más calma su carrera en el parqué.