En la última jornada oficial de la Competición, la Berlinale empieza
a encarar el cierre de su 64ª edición recordándonos, por si lo habíamos
olvidado, que un año más, ha sido capaz de lo mejor y de lo peor. La
línea ascendiente empieza con Christophe Gans, sigue con Yoji Yamada y
culmina con John Michael McDonagh. Por VÍCTOR ESQUIROL
¿Con qué película nos hemos despedido este año del Palast? Con
La bella y la bestia, nueva (y enésima) adaptación cinematográfica del clásico de
Jeanne-Marie Leprince de Beaumont.
Como viene siendo habitual, la organización ha cedido el honor (?) de
la clausura a una película alejada de lo a priori considerado como cine
de autor (ahora entramos en esto), ideal para reavivar, una vez más, los
debates snobs concerniendo esa duda existencial que rodea a este tipo
de certámenes desde prácticamente sus orígenes. Para entendernos,
“¿Qué -diablos- hemos venido a hacer aquí?” Respondamos a lo Claudia Llosa, es decir, con otra pregunta:
“¿Acaso
tanto molesta ver en uno de los templos del séptimo arte la
presentación de una producción tan cercana al prefijo “súper-”?” Pues la verdad es que un poco sí.
Descoloca,
más que nada. Pero no está de más recordar que no estamos en la
Competición, y que, tal y como anuncia su cometido en el programa, de lo
que se trata aquí es de empezar con las despedidas, que como en todas
las grandes ocasiones, deben ser
largas, pero sobre todo placenteras. Por ejemplo, el año pasado pocas quejas hubo (todo lo contrario) en ese mismo escenario cuando terminó la proyección de
Los Croods. Una aventura prehistórica. Milagros de Nicolas Cage,
sí, pero también la bocanada de aire fresco que supone el ver, después
de tanto documento social y ensayo reivindicativo, una película alejada
de cualquier pretensión más allá de la noble voluntad de hacernos pasar
un buen rato.
Es quizás por esto que lo nuevo de
Christophe Gans (sí, volvemos a
La bella y la bestia)
no ha acabado de cuajar, y dejémoslo ahí, por aquello de no hacer leña
del árbol caído. Primero porque, ironías del destino, esto es, les guste
a unos o no,
cine de autor en estado puro.
Para bien o para mal, la mano del cineasta detrás de trabajos como
El pacto de los lobos o
Silent Hill
(¿la única adaptación buena que el cine le ha ofrecido al videojuego?)
se nota en cada plano, en cada encadenado y en cada resolución. Lo
(sobre)cargado se descubre como irrenunciable firma, en lo que es una
descontrolada fiesta rococó. Segundo, la apuesta del director es tan fuerte, y éste se empecina tanto en ella, que
el producto acaba muriendo víctima de su propia naturaleza. Ahogado en el exceso.
Es, eso sí, uno de esos desastrillos fílmicos con los que cuesta
cabrearse del todo. Al fin y al cabo, siempre se percibe en él una
valentía y un inconformismo que, por qué no admitirlo, nos dejan algún
que otro momento de gran belleza visual / conceptual. Por desgracia,
el ridículo acaba confirmándose en la mayoría de ocasiones... y eso que en el montaje final se ha tomado la seguramente muy sabia decisión de doblar el francés del personaje de
Eduardo Noriega. Por lo demás, se confirma que Abdellatif Kechiche está dando saltos de alegría ante el nuevo proyecto de su “amiga”
Léa Seydoux, y que
la detestable Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton, de momento, ha hecho más daño que cualquier otra cosa.
¿Con qué película nos hemos despedido de la Competición? Oficialmente con
The Little House (otra adaptación, en este caso del libro de
Kyoko Nakajima), aunque lo cierto es que mañana, antes de la entrega de premios, todavía habrá tiempo para repescar la última:
Macondo. Antes, tiempo de sobra (
dos horas y cuarto)
para pelearse con la última Sesión del Diablo de esta 64ª edición. Los
culpables afirmarán lo contrario, como casi siempre, pero las bajas por
sueño profundo se han vuelto a contabilizar por docenas. Culpa, como ya
sabemos, de estos horarios digestivos, y en parte (sólo en parte)
culpa también de Yoji Yamada, quien después de sorprender el año pasado con
Una familia de Tokio, modélico remake de la imprescindible
Cuentos de Tokio, de Ozu,
ha vuelto a lo tradicional (a lo más-tradicional) con esta cinta que
nos lleva al centro mismo (neurálgico y emocional) del melodrama.
El cine de familia con el que cada director nipón (sea novato o
veterano) parece sentirse tan cómodo, sirve sólo como excusa narrativa
para llevarnos al Japón de mediados del siglo XX. Peligro. A raíz de la
reciente muerte de una anciana, toda su familia se desplaza hasta su
hogar para rapiñar (de forma no-agresiva) todos los objetos de valor que
se encuentren ahí, y de paso para empaparse con los recuerdos de la
difunta. Su inacabada autobiografía será precisamente el vehículo para
hacer posible el mencionado viaje en el tiempo. En el pasado, la
narradora (en off, por supuesto) era
la criada de una adinerada familia. Su trabajo, como ya nos han
enseñado otras muchas novelas del mismo género, implicaba no sólo el
velar por la felicidad del matrimonio de sus “jefes”, sino también el
enterarse,
como quien no quería la cosa, de todas sus intimidades. Yamada conjuga
bien el -convulso- retrato colectivo con el más íntimo,
recreándose tanto en la forma que, colores aparte, nos parece estar
realmente ante una película hecha en aquella época. Más allá de la
nostalgia, se percibe también (y ahí está el peligro) el
olor a naftalina, a cerrado y a aire viciado. A pesar de esto, el
savoir faire artesanal del
maestro basta -y sobra- para enamorarse, una vez más, de ese
inconfundible costumbrismo japonés, y también para que esta clásica
historia de pasiones e infidelidades (extra)conyugales sepa hasta
aprovecharse de todo aquello con lo que podría atacársela, es decir, de
un ritmo de caracol perezoso, de un factor cursilón, que de algún modo u
otro siempre se filtra en este tipo de protestas... Se confirma, por
cierto, que bien entrado el siglo XXI,
pocas cosas hay tan incómodas como verse obligado a analizar la historia contemporánea de la Nación del Sol Naciente.
Para hacernos a la idea, el que ahí se refieran al horror de Nankín
como el “Incidente de China”, es algo tan bestia como si aquí nos diera
por hablar de, por ejemplo “el malentendido de Guernica”. Poca broma,
que no estamos tan lejos...
¿Qué es el Zoo Palast? Es la última y
remodelada joya de la corona de la Berlinale.
Un espacio de naturaleza operística en el que a uno le entra la
sensación de estar viviendo, como mínimo, en el siglo XXIV. Unos cines
que, por el contrario, cuando uno sale de ellos, tienen la desagradable
manía de hacernos creer que hemos retrocedido, por lo menos, hasta el
siglo XVII. Prohibidísimo, por cierto, entrar cualquier tipo de alimento
o refresco en cualquiera de sus salas, que lo tenemos todo nuevecito y
recién estrenado, y no queremos que se nos manche a las primeras de
cambio.
¿Qué hemos visto ahí? En Panorama (y desde Sundance... combinación 100% fiable), el esperadísimo segundo largometraje como director de
John Michael McDonagh, quien con
Calvary, y después de la simpática
El irlandés, huye de la consideración de
One Hit Wonder. La
confirmación (de que estamos ante un cineasta que puede marcar época) llega
de la mano de una historia que decide aparcar (aunque no del todo) el
tono cómico para llevarnos al infierno (interior y compartido) vivido
por un cura al que, en una de sus rutinarias sesiones en el
confesionario, le confiesan (claro) que le matarán en una semana. El
cineasta londinense firma una
película prodigiosa en todos los sentidos, en la que, por difícil que resulte de creer, el gran
Brendan Gleeson (protagonista
del calvario, a través del cual se filtra toda la acción) no es el
único en comerse la pantalla. Es este un banquete con muchísimos
comensales, a cada cual más inspirado (y con más hambre), y en el que
cada plato servido nos hace salivar de manera casi indecente.
Impecable tanto en la preparación como en la presentación del envoltorio y del el contenido,
McDonagh saca toda la intensidad de los tonos verdes y anaranjados
característicos de 'Isla Esemeralda' para narrar, siempre con un
altísimo nivel de auto exigencia, un
cuento único, precioso y terrible. Tan divertido como devastador. Porque lo que empiezan siendo las amables locuras de una pequeña localidad irlandesa, se convierten, sin previo aviso, en un
desgarrador réquiem en siete movimientos,
dedicado a aquello que tanto tiempo lleva resistiéndose a morir. De
repente, el cacique del pueblecito se baja la cremallera de los
pantalones y descarga toda la orina acumulada sobre el cuadro
Los Embajadores,
de Hans Holbein. La gamberrada, por supuesto, hace gracia, pero vista
más de cerca, y una vez pasada la carcajada refleja, adquiere la
categoría de
salvajada... y el pobre servidor del Señor se ve envuelto en el acto final de
la Fuenteovejuna (en versión gaélica) más cruel. “Todos a una”; toda la comunidad, como ya sucediera con aquellos
Perros de paja,
en contra de un individuo que pagará por ser inocente. El canto
funerario va dirigido a lo venerable, a lo sagrado... a todo aquello que
ya no se respeta.
Y se confirma, una vez más, que Dios (si así lo prefieren) ha muerto,
que sus sesos están esparcidos por la costa de Irlanda, que cada vez le
quedan menos vidas extra con las que jugar... y que a cada día que
pasa, le queda menos gente a la que pedirle ayuda.
Y nosotros, ¿a quién le hemos pedido ayuda? A todo
ser humano (conocido o desconocido) que tuviera la mala suerte de
sentarse a nuestro lado. A la izquierda o a la derecha, poco importaba,
la sesión tampoco...
y tampoco importaba demasiado la dignidad, que anda perdida y muerta de hambre por Berlín desde hace días. La petición ha sido siempre la misma:
“Mire,
no le voy a engañar, le confieso que llego al final de esta Berlinale
al límite de mis fuerzas. Voy con el depósito de reserva, de modo que si
durante la proyección ve que mi cabeza empieza tambalearse demasiado,
hágame el favor y ahórreme el espectáculo. No se corte con el codazo, y
por lo que más quiera, ¡no permita que ronque!” Éste era
el drama de los niñatos del Elm Street, y no se lo deseo a nadie. Pero claro,
“¿Quién vigila al vigilante?” ¿Qué
pasa cuando en casi todas las sesiones, el que se suponía que iba a ser
tu salvador, ha acabado más dormido de lo que a ti se te ha permitido
en todo el festival? ASÍ de crueles están las cosas en estas últimas
jornadas.
¿Quién ha mojado antes que nadie? Alain Resnais. Su última película,
Aimer, boire et chanter, ha
conquistado el premio FIPRESCI, otorgado por la Federación
Internacional de la Prensa Cinematográfica... y claro, por razones como
ésta, no hay manera de que a uno le devuelvan las llamas desde dicha
organización. Algún día... esperemos.
Osómetro: A falta de la repesca de última hora de
Macondo,
la ultimísima película que veremos en la Competición de esta 64ª
Berlinale, poco se han movido los pronósticos con respecto a un Palmarés
cuya composición conoceremos en pocas horas. Ahora mismo, el nombre que
más sigue repitiéndose, tanto entre los entusiastas como entre los más
escépticos (que también los hay), es el de
Richard Linklater, quien con su colosal
Boyhood tiene
todos los números para conquistar, en poco menos de un mes, dos
catedrales como Sundance y Berlín. Casi nada. Pero como la decisión está
en manos de un Jurado compuesto por unos miembros de los cuales
desconocemos (no nos engañemos) sus gustos, siempre queda espacio para
la especulación. Por ejemplo,
71, de
Yann Demange, tiene todos los elementos (compromiso y espectacularidad, mayormente) para triunfar en Berlín, y
La tercera orilla, de
Celina Murga,
ha recuperado las mejores sensaciones para un cine latinoamericano que
últimamente se siente muy cómodo en esta cita. Por su parte, la
rumorología apunta al director del certamen
Dieter Kosslick,
quien viendo muy cercana su retirada en el cargo, podría presionar para
que al cine alemán se le hiciera el caso que se merece: en esta línea,
no hay que descartar ni
Jack, de
Edward berger, ni mucho menos
Stations of the Cross, de
Dietrich Brüggemann.