Sobre el papel parecen tonterías, pero recaudan a espuertas y sus ingresos
mueven Hollywood. 'Al borde del abismo' es el último ejemplo de una tendencia
que comenzó con 'Tiburón' y ha dado frutos como 'Parque Jurásico', 'Star
Wars'... Y 'Serpientes en el avión'. Por YAGO GARCÍA
Aunque sea por el estrellato (cada vez más en entredicho) de
Sam
Worthington, la prestancia de
Ed Harris como villano y
las curvas de
Génesis Rodríguez (la hija de
José Luis
Rodríguez ‘El Puma’, nada menos),
Al borde del abismo es uno de los estrenos
sonados de esta semana. Un estreno cuyo título original es
Man On A
Ledge, que en inglés quiere decir
“Un hombre en una
cornisa”, y que trata precisamente de eso:
de un tipo en la
cornisa de un rascacielos, amenazando con tirarse mientras la policía le acosa.
Vale, en el filme caben muchas más cosas, porque básicamente se trata
de una variación del subgénero ‘atracos perfectos’, pero su premisa fundamental
cabe en una sola frase. ¿Una genialidad? ¿Una monumental chorrada?
Pues ni una cosa, ni la otra:
Al borde del abismo es una muestra más
de lo que en Hollywood se denomina
high concept. Es
decir,
películas basadas en premisas que, a fuerza de simples, parecen
estúpidas, pero que pueden proporcionar millones en taquilla si se las
maneja bien. De hecho, es probable que hayas visto más de una, aun sin darte
cuenta, y que las hayas disfrutado previo pago. A continuación, te explicamos
cómo funciona esta artimaña, y qué pasos hay que seguir para que dé
beneficios.
Lección número 1: Todo en pocas palabras

Si quieres forrarte elaborando una película
high concept, tienes que
tener en cuenta esto:
el argumento del filme debe poderse resumir muy,
muy brevemente. Esto puede recordarte a los orígenes del asunto, en
esas
pelis de serie B
(Astro Zombies, Jesse James contra la
hija de Frankenstein) que prácticamente llevan la sinopsis en sus
títulos. Pero no te equivoques, porque el ejemplo más ilustre del asunto, y el
que lo convirtió en moneda corriente entre los ejecutivos de Hollywood, es nada
menos que
Tiburón.
La película de
Steven Spielberg se filmó
con un presupuesto ajustado, con un guión escrito a pie de plató y en
circunstancias de gran apuro, debidas en buena parte a la manía del cineasta de
rodar en exteriores (como dijo su mecenas
Sid Sheinberg, “este realismo
tuyo cuesta muy caro, Steven”). Pero su inmensa recaudación, que
recuperó sus costes en sus dos primeras semanas y superó a
El Padrino en el balance final, se
debió en buena parte a lo fácil que era resumirla. Cuando un espectador
preguntaba a otro de qué iba aquel filme que causaba furor, se encontraba con la
sencilla respuesta:
“De un tiburón que se come a la gente”. El
resultado de tanta brevedad:
260 millones de euros ajustados a la
inflación. Y eso sólo durante su primer año.
Lección número 2: ¡Promoción, promoción, promoción!

Bien aprendida la lección de
Tiburón, y superado el bache
arty
de
Encuentros en la tercera fase, Spielberg escribió
el libro de estilo para casi todos
high concept que han sido y serán.
Porque la película del escualo gigante fue promocionada hasta la náusea por la
productora
Universal, algo de lo que el hombre de la gorra tomó
buena nota. Véase para probarlo toda la mitología que el propio Spielberg y
George Lucas montaron alrededor del personaje de
Indiana Jones: todo en nuestro arqueólogo favorito es
reconocible, desde su látigo y su sombrero a esas aventuras que, pese a seguir
siempre una misma línea (
“Indy’ busca una reliquia y derrota a los
malos”), sorprenden y estimulan cada una por su lado. Y, si la
promoción te viene ya dada por la explotación de una franquicia previa, como en
Transformers (
“Robots gigantes dándose de
tortazos”),
Harry Potter o
GI
Joe, pues casi mejor.
De ahí que, cuanto más esquemático y elemental sea el tema de un aspirante a
blockbuster, antes comiencen las distribuidoras a recordarnos que este se
estrenará en breve, y a convencernos de lo mucho que va a molar: véase el
reciente ejemplo de
Blancanieves y la leyenda del cazador
(“
¡La princesa lleva espada y mata mónstruos!”) o
de
Prometheus, “la precuela de Alien”. No es
por nada, a todo esto, pero el proyecto de
Alien se vendió en su día como
“Tiburón en el espacio”…
Lección número 3: Ante la duda, tirarse a la piscina

Si no se tiene acceso a grandes medios de producción, ni a
supercampañas
promocionales, el recurso más eficiente para rodar un
high concept es
también el más cachondo y desacomplejado:
llevar tu idea hasta las
últimas consecuencias, sin importar lo disparatadas que estas puedan
ser.
¿Queréis ejemplos? Pues los hay por docenas:
Serpientes en el avión puede pasar por el más extremo,
porque implicaba encerrar a unos cuantos ofidios (y a
Samuel L. Jackson,
que también luce mucho) en un aeroplano. Pero también tenemos
Última llamada, filme cuyo título en inglés es
Phone Booth (“Cabina telefónica”) y que mantenía a
Colin Farrell encerrado… en una cabina de teléfonos, cual un
José Luis López Vázquez bajo la mira de un francotirador.
¿Hacen falta títulos? Sí, tenemos más:
Jacuzzi al pasado funcionaba en torno a una
bañera de burbujas que operaba como máquina del tiempo. El cine de terror nos
proporciona ejemplos como
Cube (
“Una prisión
gigante con forma de cubo”) o
Saw (
“Un
psicópata que tortura a criminales”). Y
Como Dios,
sin duda el caso que más miedo da de todos, planteaba la pregunta
de qué pasaría si
Jim Carrey fuese omnipotente. Pero el triunfo
definitivo de esta variedad es, sin duda,
Atrapado en el tiempo:
antes de su estreno en 1993, nadie había pensado que la conjunción
de
Bill Murray y el
Día de la Marmota diese
para tanto.
Lección número 4: cuanto más merchandising, mejor

Al igual que
Tiburón, La guerra
de las galaxias fue un ejemplo temprano de
high concept.
Y, como todos sabemos, George Lucas
construyó un imperio
financiero gracias a esa película en la que no creía nadie, gracias a
reservarse los derechos del merchandising. ¿A qué se
debió esto? Pues a que Lucas adquirió con ella lo que el guionista de
Piratas del Caribe Terry Rossio llama
“una finca mental”: esa idea en la que nadie había reparado
antes, que resulta naturalmente atractiva para el público de todas las edades y
que, de puro elemental, da pie a infinitas variaciones y explotaciones.
Así, lo que podía resumirse en su día como
“una de piratas, pero en
el espacio” ha acabado dando lugar a un universo expandido con pingües
posibilidades económicas en forma de videojuegos, figuritas, sables de luz de
imitación… Del mismo modo, Spielberg rentabilizó
Parque Jurásico
(
“la de los dinosaurios clónicos”) de todas las
formas posibles. Si tienes éxito en todos estos apartados, lograrás lo que en la
jerga
hollywoodiense se conoce como una
tentpole movie
(“película mástil”), que puede sostener por sí sola todo el
ejercicio fiscal de un estudio durante la temporada en curso. Si fracasas…
Digamos que será mejor que te busques otro trabajo. La industria del cine no
perdona, ya se sabe.
Via:cinemania